GALLETAS

GALLETAS

Alemania es una potencia mundial.

No lo digo por el hecho de que sea un país líder a nivel europeo y mundial; basta con ir a dar una vuelta por sus ciudades para darse cuenta de lo grandes que son sus empresas. Los innumerables kilómetros de líneas ferroviarias que hay con su gran cantidad de trenes de mercancías circulando por ellas demuestran la fortaleza de su industria.

Es una país que fabrica calidad y, además, la exporta. Prueba de ello es que el motor de la economía alemana son las exportaciones.

Viajar a un país extranjero para visitar sus lugares abandonados me parecía una auténtica barbaridad. Cuando viajas a algún lugar lo haces para, precisamente, eso: conocer el lugar, sus monumentos, historia, cultura, tradiciones, etc.; pero en los viajes específicos para visitar lugares abandonados, la prioridad es, evidentemente, visitar lugares abandonados.

Esta especie de «turismo de abandonos» hacía tiempo que venía practicándose por parte de un grupo de amigos fotógrafos del campo de los abandonos.

Ellos las denominaban «EQ´s» (Euro Quedadas) y todo aquel que iba, por norma general, repetía. Era toda una experiencia.

Dani, fotógrafo y blogger de «Última Visita» (clicka encima del título para acceder al blog) había estado en diversas EQ´s. Fue él quien me introdujo en esta movida. Además, en estas quedadas solía venir Tomás, fotógrafo y blogger de «Y me quedé esperando al tren» (clicka encima del título para acceder al blog) y su compañera fotógrafa Daphnee. Estos dos últimos se encargaban de organizar los viajes de una manera perfecta, sin margen a posibles sorpresas.

Accedí a hacer el viaje.

Estuvimos unos cuantos días en Alemania y una de las fábricas que pudimos visitar fue esta: una inmensa fábrica de galletas.

La fábrica era extremadamente grande. Tanto, que ocupaba gran parte los dos lados de una calle. Ambos lados estaban comunicados por dos pasillos elevados que atravesaban la calle y que habrás observado en la primera foto.

Accedimos por la puerta principal:

Justo antes de la entrada, en el exterior, había este pasillo con todos estos vehículos en fila: al final del reportaje podrás ver algunas fotos mas:

Grandes fábricas que se convierten en grandes abandonos cuando su actividad cesa para siempre. No tardamos en darnos cuenta que allí dentro íbamos a pasarnos unas cuantas horas.

 

 

 

 

El primer edificio que visitamos fue este taller de reparación de la propia maquinaria interna de la fábrica. Cuando una fábrica tiene su propio taller de reparación de maquinaria da a entender de que dispone de mucha maquinaria. Esto equivale a que la producción tenía que ser muy grande. No fallaba: incluso en Alemania las galletas se producen a gran escala.

 

 

 

El pasillo que llevaba a unas pequeñas oficinas y a una pequeña aula de formación.

 

 

 

 

Salimos fuera y nos dirigimos a lo que parecían unas cocheras: desconozco si era un taller de reparación de los posibles vehículos de empresa pero tampoco sería nada extraño viendo la filosofía de esta empresa.

El pasillo marrón elevado que se ve arriba de la foto iba a un almacén situado a unos 150 metros de la fábrica. No visitamos esa parte porque… ¡se nos olvidó!. Como te explicaré en otra parte del reportaje, hay zonas que no visitamos… ¡no nos dio tiempo y lo grave es que estuvimos todo el día!

 

 

Tras las primeras fotos, accedemos al interior de la fábrica donde pasaríamos horas.

 

 

La fábrica constaba de varias plantas: inmensos espacios que parecían no tener fin y que daban cuenta de la importancia que había tenido ese lugar cuando su actividad era plena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestro grupo estaba formado por ocho fotógrafos: Además de Dani, de Tomás, de Daphnee y yo, Alex, Juande, Gustavo y Antonio también formaban parte de esta expedición alemana.

Hay una anécdota que pasa continuamente en estas visitas y es la siguiente: en cualquier lugar entramos todos juntos e intentamos no separarnos durante la visita. Si bien pasa siempre lo contrario y al final nos separamos temporalmente porque cada uno va a su bola y fotografía lo que más le gusta, en el caso concreto de esta fábrica la separación fue abismal, llegando incluso a perder a algún que otro compañero durante varias horas.

Sigo con la visita.

Esta era la interminable zona de oficinas:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No es lo mismo cerrar que serrar: en este caso, el «sierren la puerta» nos sacó una sonrisa a todos: este error ortográfico se repetía en todas las puertas que había en ese almacén.

 

 

 

Vista de la población desde la última planta. Esta fábrica, en su momento, tuvo que suponer el orgullo de toda esa zona.

 

 

 

 

Estas bandejas colgantes venían de la nave que estaba al otro lado de la calle. Un par de pasillos comunicaban las dos naves: un pasillo era para el personal mientras que el otro era solamente para las galletas.

Cuando había actividad, estas bandejas venían repletas de galletas que, posteriormente, eran colocadas en sus respectivas cajas para después ser agrupadas en lotes para proceder a su distribución.

Este era el pasillo de las galletas

Y este el del personal:

Los pasillos vistos desde la calle:

Y vista de la calle desde uno de sus pasillos:

Tras atravesar el pasillo, entramos en la segunda nave.

Si hasta ahora has visto la primera nave (almacén y oficinas), en esta última página del reportaje podrás ver la segunda nave: el lugar donde se fabricaban las galletas:

 

 

 

 

Este almacén estaba repleto de sacos de lana mineral; dicho material sirve para insonorizar espacios y para aislar el fuego en caso de incendio. Este material no tiene nada que ver con las galletas por lo que es posible que almacenasen todos esos sacos para una posterior reforma del edificio que finalmente no fue posible.

 

 

 

 

Para variar, en esta segunda nave también había gran cantidad de almacenes, además de diversa maquinaria de producción y control de éstas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Allí nos sucedió algo extraño:

buscando en unos cajones de unas oficinas que había en una de las plantas bajas, hicimos demasiado ruido. Advertí al grupo que había alguien que nos estaba vigilando desde fuera: concretamente un hombre de unos 40 y pocos años que estaba observándonos. Nos dimos cuenta y marchamos hacia otra parte más escondida. Una vez allí, cuando hice una mirada rápida del lugar, pude ver que había dos personas que no eran del grupo. Eran dos hombres corpulentos que nos preguntaron que hacíamos allí. Como no hablábamos alemán, nos entendimos más o menos en inglés y ellos pudieron ver que éramos fotógrafos.

Nos dijeron que ellos eran policías (aunque no nos cuadraba) y que teníamos que marchar. Nos extrañó el hecho de ver como habían aparecido aquellos dos extraños allí que parecían que estuviesen buscando algo. Nos fuimos del lugar: la situación no nos gustaba nada.

Estábamos marchando de esta primera nave para ir a la segunda y salir del recinto cuando de repente escuchamos un grito muy fuerte desde fuera: aunque miré a mi alrededor y no vi a nadie pero alguien nos estaba metiendo bronca de una forma muy brusca. La situación era muy extraña.

Buscando la salida, nos metimos sin querer en otro edificio el cuál no habíamos pisado: era una especie de supermercado con carritos en la que se supone que estaba orientado a la venta directa para todo aquel que viniese a comprar galletas allí. Y es que la fábrica era un laberinto tan grande que, creyendo que lo habíamos visto todo se nos había escapado esta parte y, como he comentado al principio del reportaje, más de un año después de esta visita nos dimos cuenta que todavía nos habíamos olvidado de visitar otro almacén que estaba a unos 150 metros de allí y que conectaba directamente con la fábrica.

Ya en la calle, tomamos las últimas fotografías exteriores de la fábrica: habíamos pasado todo el día allí metidos: habíamos estado tan centrados en fotografiar el lugar que desde el desayuno todavía no habíamos comido nada: estuvimos unas 8 horas dentro.

 

 

Todavía con miedo en el cuerpo, decidí ir rápidamente a ver algo que había dejado para el final: los coches que había en el exterior de la fábrica. Estaban cerca de la entrada; cerca del lugar donde habíamos encontrado a esos dos extraños deambulando dentro del recinto. Como no quería entretenerme, hice las fotos rápido, sin trípode pero tampoco utilicé el flash para no acabar de estropear las fotos. Salieron borrosas pero por lo menos había conseguido fotografiarlos: me hacía gracia especialmente el Trabant pero me quedaba con la duda de que hacían allí esos coches y me pregunté si las matrículas que encontramos dentro de la fábrica pertenecerían a estos vehículos… ahí queda la duda.

 

 

 

Para terminar, una última sorpresa de la que no te había hablado: se trata del tren que se encontraba dentro del mismo recinto: mírate el reportaje (clicka aquí para verlo) cuando hayas terminado de ver éste.

Guardo un grato recuerdo del lugar: no fue la única visita que hicimos en Alemania pero si la más intensa: unas 8 horas dentro y dos baterías de la cámara gastadas en lo que ha sido la fábrica más grande que he visitado jamás.

Alex, Dani, Tomás, Daphnee, Juande, Gustavo, Antonio y yo, compartimos unos días muy intensos.

Alex, además, era de Barcelona, igual que Dani y yo. Siempre recordaré aquellas palabras que me dijo cuando nos vimos por primera vez en Alemania:

-Tenía ganas de conocerte. Soy seguidor de tu página y me gusta mucho-.

Le agradecí el detalle pero le dije que mi página web no tenía nada especial: que intentaba realizar buenos reportajes simplemente porque me gusta hacer las cosas bien. Mi página web no es ni mucho menos la mejor ni pretendo que lo sea pero procuro trabajarla porque me gusta esforzarme en las cosas.

Alex era igual: cuando alguien le explicaba algo acerca de las cámaras fotográficas, él siempre estaba atento para aprender las cosas. Además, siempre estaba de buen humor y en un grupo, una persona como él siempre se agradece.

Cito especialmente a Alex porque hoy ya no está aquí: falleció poco tiempo después de la visita a Alemania debido a los problemas de salud que arrastraba desde hacía años.

En la ciudad alemana de Colonia, en el famoso puente Hohenzollern que atraviesa el rio Rin, miles de candados cuelgan en su estructura: es una tradición que consiste en que las parejas demuestren su amor colgando un candado en la estructura del puente, tirando posteriormente la llave al rio:

Nosotros, todo el grupo de amigos, pusimos también nuestro candado, en este caso para demostrar nuestra amistad. Alex ya no está, pero el candado con nuestros nombres permanecerá allí para siempre, igual que Alex en nuestros corazones.

Este reportaje está dedicado a Alex Prieto (1981 – 2011), explorador de lugares abandonados, fotógrafo y blogger.


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