ACCIDENTE DE SOMOSIERRA

EL NIÑO DE SOMOSIERRA

Eran las siete de la tarde del 24 de junio de 1986 y el chiquillo, Juan Pedro Martínez Gómez, vestido con un pantalón y un jersey rojos, sonreía ante lo que, sin duda adivinaba, iba a ser una gran aventura: cruzar España de sur a norte (desde el pueblo de Cánovas, en Murcia, hasta llegar a Bilbao), que era el destino de los 20.000 litros de ácido sulfúrico fumante u ‘óleum’ que transportaba la cisterna.

Estaba profundamente agradecido a su padre, Andrés, por haberles ofrecido, a él y a su madre, Carmen, la oportunidad de acompañarle en la ruta. Parece que, además, les había prometido que aprovecharían el viaje para pasar unos días visitando el País Vasco.

Ninguna incidencia perturbó la tranquilidad del viaje hasta bien pasado Madrid, ya muy avanzada la madrugada. Habían hecho las paradas de rigor para descansar y repostar: en la Venta del Olivo, antes de salir de la región; en Las Pedroñeras (Cuenca), hacia medianoche; a la entrada de Madrid, y en la estación de servicio de Los Ángeles, ya cerca de las tres de la mañana. Así se plantaron a los pies del puerto de Somosierra hacia las cinco de la madrugada. Andrés detuvo el vehículo y, acompañado por su mujer y su hijo, penetró en el Mesón Aragón de Cabanillas de la Sierra (clicka aquí para ver el reportaje de este mesón, actualmente abandonado). Horas después, cuando la Guardia Civil, reconstruyendo la ruta seguida por el camión cisterna, interrogó al camarero Felipe Alhambra, éste recordaría con todo detalle que les había servido unos cafés con leche y una bayonesa (un dulce de hojaldre y cabello de ángel) para el niño.

Un viaje tranquilo, con las paradas pertinentes para reponer combustible y tomar algo. El viaje de una familia normal, como apreció el camarero que les sirvió en la última parada que hicieron antes del accidente, precisamente en un mesón de Cabanillas de la Sierra (Madrid), a casi 40 kilómetros del puerto de Somosierra.

Al camarero, probablemente la última persona que les vio vivos, le llamó la atención el niño, porque vestía pantalón y camiseta del mismo color: rojo. No vio cómo montaron en el camión, pero sí que el vehículo emprendió la marcha y entendió que lo había hecho con absoluta normalidad, con la misma que la familia desayunó en el mesón.

El camión cisterna Volvo F12, con matrícula M-5383-CY y MU-1587-R su remolque, enfiló la subida del puerto de Somosierra por la N-I, entonces una carretera convencional de un carril por sentido. Y lo hacía lentamente.

Así lo atestiguó después el tacógrafo (y esto es de lo que jamás se logró saber el motivo), que había dejado registradas 12 paradas de dos o tres segundos, entre ellas una un poco más sospechosa por su duración: 20 segundos.

Como dejó descrito el parte de la Guardia Civil, las circunstancias de la vía y climatológicas eran idóneas. «Vía en buen estado, pavimento seco y limpio, tiempo seco y soleado», refería el atestado.

Y es que la última parada, ya coronando el puerto, fue la más larga. Más de veinte segundos.

Eran las 6:40 horas cuando el Volvo ya bajaba el puerto en sentido Irún por la vertiente segoviana de Somosierra. Lo hacía a una velocidad de entre 15 y 20 km/h. «De forma imprevista -proseguía el atestado- perdió la eficacia de su sistema de frenado, comenzando a ganar velocidad paulatinamente, llegando a alcanzar los 110 kilómetros a la hora km/h».

A continuación, Andrés puso el vehículo al máximo de revoluciones y convirtió el descenso en una montaña rusa. Hasta 120 kilómetros por hora; un disparate para un tráiler cargado con 20.000 litros de ácido y que además bajaba un puerto de montaña, repleto de curvas, por una carretera sinuosa.

«Iba enloquecido, ciego», sostiene Juan García Legaz (tío materno de Juan Pedro y portavoz de la familia), que está convencido de que en el último parón del camión alguien les arrebató por la fuerza al crío y Andrés, desesperado, salió en su persecución.

 

 

 

 

 

 

Pero cuando el conductor ya había conseguido controlar el camión en la zona de curvas y logró llegar a una recta, se encontró con otros tres camiones que circulaban en el mismo sentido.

Intentó rebasarlos por la izquierda e incluso llegó a rozar a alguno, pero de frente se encontró con un cuarto camión que circulaba en sentido Madrid y se produjo una colisión que alcanzó a los otros camiones con el resultado ya conocido.

Sucedió en el km. 94,950 de la N-I el 25 de junio de 1986, al día siguiente de haber emprendido el viaje desde el pueblo de Cánovas.

El informe telegráfico de la Guardia Civil del balance del accidente reflejaba que el conductor del Volvo, Andrés Martínez Navarro, de 36 años, había fallecido, al igual que su mujer, Carmen Gómez Legaz, de 34. Y mencionaba a un tercer ocupante; José Pedro Martínez Gómez, «9 años, desaparecido».

 

De los otros cuatro camiones afectados, tres de sus conductores salieron ilesos y uno resultó grave.

Era de día, amaneciendo, laborable (miércoles), la circulación era normal, con alguna mayor presencia de camiones. Y no hubo testigos más allá de los afectados.

Un accidente que obligó a cortar la N-I al tráfico en esa zona desde las 7 de la mañana hasta las 00:50 horas del día siguiente.

 

Hasta el lugar llegaron los servicios de emergencia y encontraron los cadáveres de Andrés y de Carmen. El primero en posición decúbito prono, semienterrado y afectado por la carga de ácido. El de su mujer, «en posición de sentada, atrapada en la cabina y aplastada».

Continuaba el parte: «Siendo negativos los intentos de hallar algún vestigio» del niño, al que se buscó por la zona sin resultados.

¿Dónde estaba? Los cuerpos de sus padres estaban perfectamente reconocibles, aunque levemente afectados por el ácido, lo que hacía pensar que la carga que transportaba el camionero murciano no tenía el poder, como le atribuían algunos, de desintegrar un cuerpo. Aun así, se hicieron pruebas para confirmarlo.

Entonces, ¿dónde estaba Juan Pedro? Nadie parecía tener respuesta.

Había un pequeña pista a seguir. Alguno de los pocos testigos del suceso recordó que una furgoneta blanca, una Nissan Vanette, había parado en el lugar del accidente. De ella se bajaron un hombre alto y una mujer que dijo ser enfermera. Hay quien asegura que eran alemanes.

¿Vieron al niño malherido y en la confusión del momento se lo llevaron?

Otro dato muy importante fue que encontraron cierta cantidad de droga en el camión. Esa era otra línea por la que los investigadores podrían transitar y a la que la familia, que no ha cejado en su empeño de hallar al niño de Somosierra, se aferró durante mucho tiempo: ¿podían haberse llevado a Juan Pedro algunos narcotraficantes como forma de presión a su padre para que les transportara droga? ¿Fue en esos 20 segundos de parada que detectó el tacógrafo?

 

 

 

 

Juan García Legaz, su tío, está convencido de que el niño fue secuestrado. No lo dice por decirlo, ni porque sea el único clavo ardiendo al que la familia pueda aferrarse todavía. Este exfuncionario del Ayuntamiento de Torre Pacheco realizó entonces, a lo largo de meses, una concienzuda investigación que haría ruborizarse a muchos profesionales. Recorrió cada kilómetro de la ruta seguida por el camión, habló de nuevo con cada testigo, consiguió en el juzgado una copia del tacógrafo y la amplió diez veces para leer cada incidencia del viaje, por pequeña que fuera.

Fue en ese disco del camión, que registra parámetros como la velocidad, los frenazos, las paradas…, donde él y los investigadores oficiales hallaron los datos más reveladores. Por razones inexplicables, el ascenso del puerto de Somosierra por el camión Volvo se hizo a una velocidad muy reducida (empleó una hora y 23 minutos en cubrir los menos de 50 kilómetros existentes entre el Mesón Aragón y el lugar donde produjo el siniestro) y además realizó doce paradas de muy corta duración a lo largo del ascenso.

«Circulaba a una velocidad muy baja y hacía parones de apenas un par de segundos o tres», desvela. Como si hubiera una retención. Solo que a esas horas, seis de la madrugada, no había atasco alguno. «Solo se explica por la presencia de otro vehículo, que circulaba delante, y que habría ido frenando al camión, obligándolo a detenerse cada poco tiempo».

A día de hoy todavía quedan restos de los 30.000 kilos de cal que se utilizaron para intentar neutralizar el ácido que transportaba la cisterna y así evitar, en la medida de lo posible, que parte del ácido fuera a parar al río Duratón, cuyas aguas resultarían igualmente afectadas por dicho ácido.

 

En la ecuación ‘ácido sulfúrico + niño desaparecido’, la solución surge espontánea: ‘Corrosión’. Lo cual no quiere decir que sea correcta. De hecho, es errónea. Aunque fueron pocos quienes en los primeros momentos se sustrajeron a la tentación de suponer que el cuerpo de Juan Pedro se había desvanecido por completo en el abrasivo torrente que brotaba de la cisterna, los expertos no tardaron en echar un cubo de agua sobre esa teoría.

Tal y como explicaron, incluso en el caso de que el pequeño se hubiera visto enteramente sumergido en ese ácido, algunas partes de su organismo, como huesos y, sobre todo, dientes, habrían resistido al baño, como también algunos componentes de su ropa. Ni dientes ni huesos fueron hallados, sin embargo, en la cabina ni en las inmediaciones del camión y, salvo un trozo de suela de un zapato de niño, nada más se encontró que siquiera lejanamente remitiera a Juan Pedro.

 

 

 

 

 

 

 

En el siguiente vídeo podrás observar, a través de un video-aficionado, la bajada por el puerto que hizo el camión antes de sufrir el accidente:

 

El rastreo exhaustivo (matorral por matorral y árbol por árbol, como se contó entonces) de una enorme extensión de terreno -más de 30 kilómetros de radio en torno al lugar del accidente- en la que se sumaron también cientos de voluntarios, tampoco arrojó pista alguna sobre el paradero del menor. Se había volatilizado. Y, aunque entonces resultara difícil de creer, lo había hecho probablemente para siempre.

Pero, ¿por qué incomprensible razón alguien iba a arrebatarle un niño a sus padres? Juan también cree tener la respuesta. «Esa noche había un control policial al pie de Somosierra. Quizás una banda de delincuentes estaba trasladando algo, un alijo de drogas o algo así, y le pidieron a Andrés que llevara el paquete hasta un destino, a cambio de devolverle al niño cuando el trabajo estuviera hecho».

En cualquier caso, a los investigadores no les cuadraba esa hipótesis de la disolución del niño en el ácido. Ninguna denuncia similar se había formulado por parte de camioneros y, en todo caso, hubiera sido más probable introducir la droga en un camión que se dirigiera a Francia y no a Bilbao.

Tampoco parece muy probable que todo el proceso, desde el rapto del pequeño hasta la introducción de la droga, se desarrollara en apenas 20 segundos y que los padres no mostraran una oposición visible y frontal, incluidos gritos y llamadas de socorro, al secuestro del niño.

Una hipótesis que casaría además con la versión de un testigo, que dijo haber visto tras el accidente cómo una Nissan Vanette se aproximaba al lugar y descendían dos personas, que registraron la cabina del camión y se apoderaron de un pequeño bulto. Una teoría, en cualquier caso, que nunca pudo ser confirmada.

Y la de la Vanette fue tercera línea de trabajo también quedó en nada. Más de 3.000 furgonetas Nissan Vanette blancas se investigaron sin resultados. Además, nadie se había quedado con la matrícula.

De todos modos, para algunos la hipótesis de que se llevaran al pequeño en esa furgoneta les resulta la más probable. Incluso que se lo llevaran fuera de España. Pero no deja de ser una sospecha más.

El programa «¿Quién sabe dónde?» de TVE dedicó a esta historia un interesante programa con testigos de primera mano de lo que ocurrió aquel fatídico junio de 1986:

 

Hay que recordar que España estaba en pañales en algunas técnicas de investigación, como el ADN. Pero doce años después del accidente, la Guardia Civil y la Universidad de Granada pusieron en marcha el Programa Fénix, diseñado para la identificación genética de personas desaparecidas.

En ese programa la Guardia Civil volcaba perfiles genéticos de familiares de desaparecidos y lo hacía y hace de forma periódica en el repaso de casos pendientes de resolver.

Así lo hizo en 2008, cuando recogió muestras de la abuela de Juan Pedro, que de forma voluntaria accedió a ello.

Una pequeña puerta a la esperanza se abrió en 2015 cuando el sistema saltó al detectar coincidencias genéticas del ADN de la abuela con unos restos humanos hallados en Guadalajara. Pero finalmente, la proporción de marcadores coincidentes no era suficiente y la pista quedó descartada.

Los investigadores y la familia no desistieron. A pesar de que la causa se archivó en 1992, los agentes, con el consentimiento de la familia del niño desaparecido, pidieron en junio de 2015 al Juzgado de Instrucción número 1 de Colmenar Viejo (Madrid), que instruyó las diligencias, poder exhumar los cadáveres de los padres y tomar unas pequeñas muestras para la obtención de perfiles genéticos.

El juzgado respondió que no había lugar después del tiempo transcurrido y reprochaba a los investigadores de la Guardia Civil que no justificaran suficientemente el interés de los familiares del niño en esa pesquisa.

Algunas semanas más tarde los agentes presentaron en el juzgado el consentimiento firmado por tres tíos del niño de la rama materna y paterna para que se exhumaran los cadáveres.

El juzgado volvió a negarlo y en septiembre de ese año dictó una providencia en la que en apenas siete líneas se remitía al auto anterior, sin mayores explicaciones.

La historia conmovió durante años a la opinión pública española. 25 años después, el apartado «¿Te acuerdas?» de los informativos de TVE hizo un pequeño resumen de aquella historia:

La Interpol lo consideró el caso más extraño ocurrido en Europa.

Quedaron muchos cabos sueltos en esa investigación, entre ellos el porqué de esas 12 paradas mayormente de 2 o 3 segundos de duración y una última de 20 segundos justo antes de enfilar la bajada apresurada del puerto que acabaría en tragedia o como tres testigos del accidente fallecerían tiempo después, uno de ellos por un choque frontal y otros dos atropellados por un vehículo de las características de la Vanette, aunque esas dos investigaciones (referente a esos tres fallecidos) se cerraron con la conclusión de que fueron mera casualidad.

La autovía A-1 sustituyó este peligroso trazado de la carretera nacional N-I que actualmente termina en un camino de tierra sin continuidad, quedando relegado solamente para el acceso a fincas privadas. No obstante, hemos sido muchísimos los curiosos que nos hemos acercado a este tramo a lo largo de los años porque no hemos dejado de preguntarnos qué pasó allí y porque nadie ha dado ninguna pista de qué pasó con el niño, aún habiendo prescrito el delito.

Es una historia que viví de crio pero que a día de hoy la sigo llevando dentro.

 

  • El texto de este reportaje (excepto el último párrafo) ha sido copiado íntegramente del periódico La Verdad y del periódico Las Provincias ya que he considerado que han hecho un buen trabajo de redactado.


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